miércoles, 4 de julio de 2012

Qué bellas durmientes


A mediados del siglo pasado Yasunari Kawabata nos obsequia su novela “La casa de las bellas durmientes” obra cumbre de la literatura nipona; vehículo de gran parte de la riqueza cultural del pueblo japonés; una ventana entreabierta que incita hasta al mas desidioso lector a asomarse y presenciar el imponente erario de las tradiciones orientales, apenas visibles para el observador distante, mas notorias al acceder hasta la cámara secreta construida por el autor.

La avanzada edad de Kawabata al momento de producir la obra es un condicionante esencial que definirá el carácter de la misma; un halo de misterio creado con la sutileza empleada en cada descripción, en cada detalle, los cuales están vedados, tanto para el lector, como para los propios personajes de la novela. Es como si Kawabata fuese el único conocedor de las identidades de cada uno de los personajes (la mujer que cuida la casa, los ancianos asiduos a ella, las bellas durmientes…), quienes están llenos de historia, de pasado y de presente que el autor deliberadamente nos oculta.

La única excepción a éste voto de silencio impuesto por el autor, se encuentra en el viejo Eguchi, personaje principal de la aparente sencillez de la trama. Pero no, por el contrario, la figura de Eguchi está colmada de símbolos evocativos pertenecientes a un inmarcesible pasado, el cual se encontraba inmerso en las remotas profundidades de su senil memoria, y es resucitado con exorbitante vividez desde el primer contacto hipersensorial con la bella durmiente inicial.

En los siguientes encuentros, Eguchi proporciona detalles de corte preciosista de cada una de las “doncellas” de aquel peculiar lupanar. Y al igual que los demás vejetes, Eguchi encarna el erotismo senil, permanece en vigilia para deificar la carne inerte y perdida en el mundo de los sueños (o de las pesadillas); carne rebosante de lozanía, antagónica al rostro rayado del hombre sexagenario; antítesis evidente entre belleza y fealdad, juventud y vejez, presente y pasado, y al final, vida y muerte inminentes.

 Eguchi no se resigna ante el conteo regresivo de su reloj de arena. Sólo cuenta con cinco visitas al burdel; cada visita es aprovechada al máximo, pues realiza un escaneo extremadamente minucioso de cada una de sus acompañantes. Cada detalle es percibido: la fragancia; la apariencia juvenil, la suavidad de la tez; el susurro leve de los murmullos adormitados, así como el vaivén de las olas; el sabor del té de buena calidad… Pero el protagonista no se conforma, no. Por el contrario, incrementa el número de vivencias acumulándolas dentro de un mismo momento; razón que lo lleva a dormir con dos mujeres, en lugar de solo una.

Y en la densidad de la habitación secreta, cerrada al mundo y solo accesible a estos escasos y “privilegiados” ancianos “honorables”, la atmósfera se torna cada vez como “un submarino en el que la gente está atrapada y el aire se enrarece gradualmente” (García Márquez) …tornándose frío, fúnebre, como un preámbulo ante el llamado de la muerte. Muerte imparcial, que pone en planos de igualdad tanto al viejo, cuya muerte es de esperar en cualquier momento, como a la joven morena, quien a pesar de gozar de su juventud, repentinamente le sobreviene el destino fatal, el mismo que nos espera a todos.

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