miércoles, 4 de julio de 2012

Caminando hacia otro parque



Dentro de la compilación de cuentos Final del juego del argentino Julio Cortázar, se sitúa como una obertura el relato Continuidad de los parques que da inicio un juego en el que el escritor gradualmente envuelve al lector en una atmósfera de suspenso creciente, hasta llegar al Final del juego, relato con el cual concluye el libro mismo, no así la sensación remanente de sorpresa debido a un final inesperado, impredecible por su originalidad y características únicas en su estilo.

Uno de los temas principales en la obra de Cortázar es la metafísica. Lo que para el resto del mundo podría constituirse como una serie de conflictos existenciales sin solución, se convierten en oportunidades para Cortázar, quien aborda el supuesto problema desde una perspectiva lúdica, invitando a la imaginación del lector a participar de su juego. Sin embargo, para poder participar es necesario seguir ciertas reglas ya establecidas por el autor.

La primera regla se remite al abandono de toda actitud pasiva en lo referente al texto, pues solo adoptando un hábito de lectura comprometida, el lector podrá involucrarse en el relato de manera tal que llegue a adentrarse en él traspasando los linderos literatura – realidad, hasta fusionar ambos y convertirse en parte del relato.

Una vez dentro del juego, la segunda regla es imprescindible, pues funciona a manera de un instructivo que, inconscientemente, va indicando a la mente el camino que debe seguir. Camino estratégicamente diseñado por el autor. Y en el caso particular de Continuidad de los parques otorga grandes liberalidades a la creatividad lectora, puesto que arbitrariamente son omitidos casi todos los elementos indiciales, en función de convertirlo en un relato abierto ante el despliegue de la percepción de las dos escenas que contiene, así como de la recreación de ese parque abstracto y su continuidad hacia la materialización.

El actante que está sentado en el sillón de terciopelo representa al lector pasivo, inconstante, que toma el libro de vez en cuando y suspende su lectura por cualquier eventualidad. Ésta es la primera secuencia del relato, en la cual no se encuentra anormalidad alguna, sino una atmósfera agradable, llena de libertad por la escasez de indicios, que el lector puede y debe agregar mentalmente para brindarle colorido y personalidad al relato.

En la segunda secuencia es donde se encuentra la mayor disyuntiva. Inicia con la historia que el primer actante está leyendo. A medida que el primer actante se deja llevar por la lectura, la atmósfera se va llenando de euforia. El parque pacífico se va enturbeciendo, abandonando la comodidad para sucumbir ante la turbulencia. El actante ya no es un simple espectador distraído; puede sentir en carne propia las pasiones y vivencias de los demás actantes: la pareja clandestina que planea su asesinato.

El final de este cuento es lo que lo distingue de muchos otros. El parque turbulento a ha saltado del plano de la ficción para convertirse en real. La dimensión subjetiva se ha fusionado con la objetiva, en la que nos encontramos, seguros, cómodos, tal como el hombre sentado en el sillón de terciopelo en la calidez de su estudio, y repentinamente, convertida su cabeza en el blanco de un asesino.

Éste hombre, el actante, el lector o el protagonista, como quiera llamársele, podría ser culpable de dos hechos: el primero, de descuidar a su mujer por darle prioridad a los negocios, a tal punto que ella decidió buscar un amante que llenara cualquier vacío dejado por su esposo. El segundo hecho se encuentra en el plano real; el lector es culpable de no involucrarse en la lectura, pues deja pasar el tiempo y cuando por fin se incorpora al texto, el texto mismo cobra vida y hace justicia, vengándose del lector al ponerlo dentro del personaje que debe morir.

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